¿100 días para cambiar Guatemala?

Desde Mi Trinchera

37 largos años han pasado, desde aquel 14 de enero de 1986, Marco Vinicio Cerezo Arévalo, expresaba su discurso de toma de posesión, y desde entonces, Guatemala no ha parado de caer en un precipicio sin fin, en una irremediable caída política, social, económica y moral. Partiendo de hoy 17 de marzo de 2023, día en el que escribo esta columna, habrán exactamente 100 días,  para enfrentarnos a un difícil y áspero proceso electoral, ya que el 25 de junio tendremos la responsabilidad de elegir a las autoridades que representaran al ciudadano guatemalteco durante los próximos cuatro años. Y los partidos políticos son los que tienen la gran responsabilidad de postular candidatos que crean en el desarrollo de Guatemala, antes que el personal, seguidos del elector, para que con madurez y conciencia deposite su boleta por quien considere el candidato adecuado. Por ello mismo, resulta de beneficio apelar a la historia política del país, para formarnos un panorama claro, de cómo han sido los gobiernos anteriores de esta era democrática.

Entre mayo y junio de 1986, se desarrollaba uno de los mejores mundiales de fútbol que tengo la oportunidad de recordar, el de México 86. Para ese entonces con mis 11 años me disfrutaba el mejor gol de la historia, pero también el gol más mañoso del mundial, ambos de la mano de Diego Armando Maradona, donde Argentina le ganaba y eliminaba a Inglaterra; pero también era un partido cargado de muchas emociones, y sentimientos de nacionalismo, patriotismo, y tensión, ya que muy recientemente se había desarrollado la Guerra de las Malvinas entre Argentina e Inglaterra. Acompañado de este bonito recuerdo, me acompañaba la nostalgia y negatividad de que ese mismo año, se había iniciado el “proceso democrático en Guatemala”, de la mano del partido Democracia Cristiana y Vinicio Cerezo, porque pese a mi corta edad, pero con un concepto muy sólido de disciplina, y amor patrio, sabía que con el mismo iniciaba un proceso de descomposición social imparable, donde la anarquía, el desorden y la toma del poder, por los eternos enemigos de Guatemala, emergían violentamente y sin control desde la matriz del mismo Estado.

Ahora ya con mis 48 años, después de catar una variedad de pésimos gobiernos democráticos, que han llegado al poder, con la ambición de hacer cualquier cosa, menos dejar un legado de progreso y desarrollo para Guatemala, entiendo que no estaba equivocado, no me equivoque, 37 años después el país, ha saltado de crisis en crisis, sin darle a nuestras generaciones, paz económica, paz mental, paz física. Así que esa frase de “Paz Firme y Duradera”, que resulta tan falsa como un billete de 1000 dólares, junto con los 9 presidentes de la era democrática, me valen tanto o igual que “nada”, solamente me hace añorar épocas pasadas, donde existía la seguridad e infraestructura, además el cultivo de los valores cívicos, morales y religiosos, todo esto le duela a quien le duela, reflejado en los pasados gobiernos militares.

Del gobierno del General Fernando Romeo Lucas García, tengo escasos recuerdos, ya que fue presidente de Guatemala del 1 de julio de 1978 al 23 de marzo de 1982, pero a pesar que su periodo presidencial se desarrolló en medio de una turbulenta crisis política, en medio del Enfrentamiento Armado Interno y de un incremento considerado y riesgoso de las operaciones de los delincuentes terroristas, pudo desarrollar una considerable obra en infraestructura, como fue continuar la construcción de la hidroeléctrica de Chixoy, la carretera de la Franja Transversal del Norte, del puerto Quetzal, el anillo periférico en la Ciudad Capital, de la mano con la Municipalidad de Guatemala, la carretera del puerto Quetzal. En su gobierno se estableció un extenso e intensivo programa de alfabetización por todo el territorio nacional, que incluyó cadenas nacionales de radio y televisión, desarrollo la construcción del Hospital General San Juan de Dios y del Hospital de Quetzaltenango. Luego el gobierno del General Efraín Ríos Montt, un gobierno que resulta ser hasta nuestros tiempos, inspiración de seguridad, carácter y erradicación de la corrupción. Pese al constante bombardeo de historias falsas, y hechos retorcidos, de sectores interesados en buscar condenas espurias, con tintes ideológicos y monetarios, han intentado desvirtuar su huella positiva como presidente, y por ello mismo jamás cuentan, que fue él quien desarticulo los grupos paralelos de seguridad, aplico la pena de muerte de una manera efectiva, devolviendo la justicia a la población; y además su Consejo de Estado, fue quien dio principio al debate político, con la participación del 30 por ciento de consejeros mayas, entre ellos Ixiles, lo que impulsaría una gran apertura política;  que a pesar que su gobierno fue de un tiempo muy corto, integro ese mismo Consejo de Estado, el cual propuso leyes destinadas a organizar el funcionamiento del Tribunal Supremo Electoral, y del Registro de Ciudadanos, que combatió la corrupción con firmeza en la administración pública y dentro del mismo Ejército, y por supuesto evito que Guatemala cayera en las garras de la delincuencia terrorista marxista, que intentaba tomar el control del Estado.

Pero hablemos, del principio de la era democrática, donde aproximadamente dos millones de guatemaltecos asistieron a las urnas en 1985, para elegir un nuevo presidente, entre ocho candidatos, para el período 1986-1991, y así es como llega Marco Vinicio Cerezo Arévalo, en medio de una sociedad ansiosa de vivir en carne propia las “bondades” de la democracia, sin embargo con el inicio de su periodo la corrupción toma niveles nunca antes vistos, y además forja el camino para que a la izquierda clandestina y terrorista, se le diera un estatus y beligerancia inmerecida, fue el responsable de la creación de la figura del Procurador de los Derechos Humanos, figura que se convirtió en un instrumento ideológico de la  izquierda, además de ser promotor del negocio de los resarcimientos para los activistas ideológicos del terrorismo en Guatemala, se convirtió en defensor de los derechos de los criminales, asesinos, y hasta hace poco en el operador jurídico de la nefasta y delictiva CICIG. En el aspecto económico no existió ningún avance en el gobierno de Vinicio Cerezo y la DC y, el pobre siguió siendo pobre, pero su círculo familiar y de amigos se constituyeron como los nuevos ricos; para finales del 1985 el tipo de cambio de nuestra moneda frente al dólar era de Q 1,47 por dólar, en 1987 era de Q 2,53 y ya para 1990 había caído a Q 5,57 por dólar. La delincuencia común, el crimen organizado y el flagelo de las pandillas tuvieron una gran escalada, esto debido la pérdida del respeto hacia la autoridad, el cumplimiento estricto de la ley, que creo la sensación de libertinaje y anarquía, algo que seguimos sufriendo los guatemaltecos hasta la presente fecha. La corrupción encontró un modo de vida en el recién estrenado gobierno democrático de Vinicio Cerezo, podemos recodar a su ex ministro de comunicaciones, infraestructura y vivienda, Mario López Estrada, durante su periodo se privatizó la telefonía móvil, para luego construir un imperio económico a partir de Tigo, la empresa de telecomunicaciones, filial de Millicom, que fundó dos años después de dejar su cartera, primero bajo el nombre de Comcel. Vinicio Cerezo fue el responsable de la venta de la empresa Guatemalteca de Aviación (Aviateca) que operó desde 1946 hasta 1990, claro con beneficio para un círculo muy cercano de amistades del ex presidente. Así de esa forma podemos continuar con otros tantos casos de corrupción de ese joven gobierno democrático de 1986.

Una columna de opinión resulta muy corta para poder resumir 37 años de decepción electoral, por ello continuare la misma con una segunda parte, una más actualizada en actores y tiempos presentes, será una columna donde les expresare, que debemos matar la esperanza, pero renovar la fe, que aún podemos reflexionar, tanto candidatos como electores, que tenemos la obligación de hacernos un examen de conciencia, de qué clase de país queremos vivir, y sobre todo heredar.

Después de haber tenido ahogada mi pluma en un breve letargo, se me da por darle fin a la primera parte de mi columna, citando una memorable frase:

 “No hay que temer a los que tienen otra opinión, sino a aquellos que tienen otra opinión pero son demasiado cobardes para manifestarla”, -Emperador Napoleón Bonaparte-

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